Si ustedes piensan que van a leer algo interesante como en el blog del
Capitán Intriga, les aviso desde ahora que seguramente los voy a defraudar. Mi vida no está llena de anécdotas con glamour, no almuerzo con La Chiqui, no me llaman de la radio (bueno a veces sí, pero shh). Sin embargo si está plagada de accidentes domésticos, bizarreadas diarias y sobre todo torpeza.
El pasado domingo decidí salir a correr ya que se viene el verano, yo sigo en este estado ameba, me duele todo cual si tuviese 80 años y me di cuenta que mi abuela de 87 es más flexible que yo. Me pongo mi outfit para correr y parto, eligiendo cautelosamente la música que iba a escuchar en mi recorrido: No Doubt, así no me aburro y me mantiene en ritmo.
Debería haber pensado que estaba en el Tigre, que hay mosquitos y que yo soy alérgica a los mismos. Claro, termine siendo una roncha con patitas luego de la hora de trote. Y ni te cuento la cantidad que me casi trago, que se me pegaron a los ojos y alguno curioso que quiso subir por mi nariz.
A eso sumémosle que me pararon dos autos para preguntarme donde quedaba la casa del Cholo Simeone. Me sentí re guía del tour de las estrellas en Hollywood. Igual jamás entendí a esa gente, porque pasaba por la puerta y miraba, como si esperaran que algo súper mágico pasara.
Me hice la canchera y salí a correr tarde sin planear que mi vuelta iba a ser a oscuras. Llegué a una callecita donde todas las casas estaban en construcción. Escuché un ruido raro. Me imaginé cualquier cosa. Miré para los costados y me dio mucho miedo. Empecé a correr cual si fuese maratonista nigeriano en las olimpiadas.
Volví agitada, picada, agotada y llorando de la risa de lo patética que debe haber sido mi imágen.