Entre los segundos libres que tengo entre una obligación y otra, me siento en la compu que quedó abandonada en la casa de mi abuela. Como internet no funciona me pongo a navegar por los archivos que alguna vez fueron parte de mi día a día y que hoy hace siglos que no veo. Paso por las fotos, me rió con los peinados y las caras de bebé. Con la ropa y los kilos de más (o de menos). Con los viajes y las fotos de rollo escaneadas. Luego miro los resúmenes de materias alguna vez cursadas, borro todo lo que tenga que ver con números y abrazo fuerte (en mi mente) las carpetas que dicen Historia del Arte, Literatura Mundial, Ciencias Cognitivas y Teorias de la Comunicación (entre otras). Llego a los articulos que escribí para la revista, me rió de lo acida que era. Era una revolucionaria (o intento de) dentro de lo que la facultad permitía. Era tan el estereotipo de personaje de película yankee, rebelde pero inteligente, acida pero buena onda, insultante pero bien hablada. Termino en la carpeta de cosas escritas por otros, hay un rejunte de chats que copy-pastie de MSN, hay historias que me mandaron por mails, cartas dedicadas a mí, cartas dedicadas a otros. Encontré las cosas que escribia R, que en su momento me parecian tan profundas y elocuentes. Las releí una y otra vez intentando recordar por qué me gustaban tanto hace un par de años. Lo único que pude encontrar fue un niño grande que juega a estar deprimido porque es así como debe ser, que se queja de las cosas más mundanas por el simple hecho de tener algo de qué quejarse. Que se droga porque intenta escapar la realidad de todos, de la vida, de las obligaciones. Sobre todo de las obligaciones.
Me encantaría poder matar a ese personaje y quedar libre de culpas. El problema es que ese personaje vive únicamente en su cabeza, y hasta que no le estalle no se va a dar cuenta de eso. We didn’t grow up, I did… you just tagged along for a couple of years.