Porque la vida no es una comedia romantica. Porque los finales no existen, los inventamos. Porque el amor no es indoncidional. Y porque cuando una vez en mi puta vida decido hacer las cosas como debe ser, me sale todo mal y vuelvo al casillero de partida. And start the whole fucking thing again.
Tampoco es que voy por la vida llorando porque no estoy acostumbrada a las ecuaciones y a las historias de (no) amor con final feliz, eh. Pero así como hay gente que cuando se quema con leche ve una vaca y llora, yo -después de varias experiencias personales, sumadas a las de mis hermanas barra amigas barra noveluchas yankees cualquiera-, te creía más en Santa y en los frijoles mágicos que en el príncipe azul con el caballo blanco de San Martín pasándote a buscar por la puerta de tu laburo, casa o lo que sea.
Onda me decían “novio” y a mi me agarraba una alergia mental, un picazón en el alma y una vocecita recordándome que en mis películas esos personajes no son necesarios. A mi me dabas un Anthony Hopkins con carita de enfermo acosándome toda la peli, matándome al final, y a otra cosa mariposa.
Como que para mí decir “sí, estoy re bien con un flaco” marcaba el final trágico; entre eso y un protagonista de una peli de terror diciendo cinco veces Candyman, o tres veces seguidas Beetlejuice no había diferencia. El éxito tal vez. El punto es que se iba todo a la mierda, y la felicidad de esta interlocutoria duraba lo mismo que mis Frutigran un día de estudio.
Por lo menos a ella le llego.