Un año más, y un balance más. Hay veces que no me gusta mirar para atrás y ver todo lo que pasó.
Hay cosas que son mejores olvidar y dejar encerradas en una cajita para que nadie nunca más las encuentre. Pero la realidad es que este año ha sido tan maravillosamente perfecto que escribo esto con una sonrisa de oreja a oreja.
Como siempre, acá vamos, mes por mes así fue mi año.
Enero caluroso me encontró como siempre y para variar un poco en la Republica Oriental del Uruguay. Muchos amigos nuevos, tragos, salidas, fotos en barcos y durante la noche. Me la pasé yendo y viniendo para visitar a mis padres y aprovechando cada segundo que podía de sol.
Así llegó febrero, con mucho trabajo y días de calor. Mi alma de brasilera me obligó a escaparme de la ciudad y partir hacia Rio de Janeiro en la época de carnaval. Fui con el chico que me quitaba el aire desde el año pasado, sufrí por ser la primera vez que compartía 24 horas del día con alguien. Si, 26 años, terrible grandulona y nunca me había ido de vacaciones con un chico. Extrañé Brasil el resto del mes y me dí cuenta una vez más que no soy de aquí ni de allí. En este mes iba a pasar algo que no tendría mucho sentido hasta varios párrafos más abajo.
En marzo me tomé mis tan deseadas vacaciones (porque irme a la costa Uruguaya ya es como una segunda casa para mi). Partí hacia Ecuador con un bolso demasiado grande y demasiado pesado para el viaje que ideamos. Éramos tres, terminamos siendo dos y si bien eso al principio parecía terrible – si una chapa la otra se queda sola mientras que tres es el numero ideal de gente para viajar – fue todo demasiado copado. Odio a los hippies pero para el final del viaje andaba descalza por las calles de tierra con una trenza larga en el pelo y miles de pulseras en los pies. Conocí mucha gente linda de Chile y compartí con ellos no solo momentos divertidos si no también tristes al verlos sufrir sin saber donde estaba su familia después del terremoto. Amistades veraniegas que se convirtieron en ganas de conocer más ese país y su gente. Y como si fuera poco en este mes además de casarse uno de mis mejores amigos (y empezar con la racha de casamientos) me enteré una de las mayores noticias. Eso sumó a lo que se viene más adelante.
Para abril estaba como una nena chiquita. Impaciente, feliz, insoportable. Sabía que las probabilidades de irme eran muy cercanas al cien por ciento, pero temía que de repente con mi mala suerte todo se fuera para atrás y me quedará varada en el lugar que quería dejar atrás. Pero también pasó que me di cuenta que no quería dejar todo atrás. Fue el cumpleaños de mi abuela este mes, 89 años de vida. Fue durísimo verla tan venida a menos, olvidadiza, callada, tan poco ella. La perdida de memoria es algo tan horrible de vivir junto a un ser querido. Al principio me enojaba tener que repetir todo cada cinco minutos, pero me di cuenta que ella al verme enojada también se enojaba y era peor. Aprendí que Eric Satie puede sonar muy bien a primera hora de la mañana.
El mes del cumpleaños de mi madre y del bicentenario no fue nada más que lo mismo que el mes anterior. Dado a que mis padres huyeron a tierras más divertidas para celebrar el nacimiento de mi madre, yo hice lo mismo y me fui para Chile. No me iba a quedar sin ver a Aerosmith, los pasajes estaban demasiado baratos y tenía mucha gente que quería ver. Me enamoré un poquito más del país y me desenamoré por completo de todo lo demás.
En junio me dieron la tan esperada visa de estudiante. También renuncié a mi trabajo al anunciar mi partida al hemisferio del norte. Cumplí años una vez más y lo festejé a lo grande, una vez más. Fue un mes de muchos cambios y despedidas lentas y paulatinas. Saber que te vas, tener esa fecha impresa en un pedazo de papel y no tener retorno es duro. Querer capturar cada momento y llevarlo con vos. Fui muy fuerte este mes y nadie lo supo. Yo que vivo contando mi vida por todos lados tuve que aprender a decir basta y ponerle un freno a las cosas que me hacían mal y aprovechar todas las que me hacían bien.
Empacar tu vida en unos pocos días. Meter todo en valijas y esperar no estar llevando demasiada poca ropa, o demasiada punto. Decir adios. Renunciar al trabajo. Despedirme de mi gato, de mi casa, de mi cama, de su olor, de su boca. Fue la primera vez en mi vida que me demostraron amor con una sorpresa. En Ezeiza y con la histeria del viaje que se aproximaba me encontré enroscada en su brazos frente a la puerta de partida diciendo que esto nada más era un hasta luego. Llegar a Estados Unidos e intentar empezar una nueva vida. Comprar muebles y armarlos, recorrer el barrio, encontrar el lugar donde comprar la comida y donde ir si me siento mal. Estoy en New York, este es mi nuevo hogar y aún no me cae la ficha.
Agosto lleno de caras desconocidas. Entrar a un salón, ver a todo el mundo y decir “qué estoy haciendo acá?” Tener unas ganas inmensas de largar todo y volver para Buenos Aires donde ya te conocían, donde ya tenías a tus amigos y donde el chico de Starbucks sabías de antemano lo que ibas a pedir. Pero nada, a encarar la nueva vida y la nueva gente. Levantar una cámara de fotos y salir a sacar fotos por ahí y darte cuenta que te fascina. Conocer más gente y sentirte más a gusto. Estar sola en el mundo pero tan bien acompañada, algo que no tiene sentido pero que fue así.
En septiembre ya tenía nuevas amistades y me la pasaba subiendo y bajando del Bronx. Dejar miedos atrás, no ser más la chica tímida que le da fiaca hablar con la gente. Tener que ir a encarar un asesinato donde CNN, ABC, CBS esta con sus cámaras y pedir notas y comentarios. Disfrutar la ciudad. Pasear con los nuevos amigos y darte cuenta que podes empezar de cero como lo hiciste tantas veces antes. Ya van cuatro ciudades y cuatro comienzos. Encontrar en Skype la solución a (casi) todos tus problemas y un día amanecer con resaca y de novia.
Capaz que octubre fue el mes más movido de todos. Padres visitaron, las elecciones, la cantidad de notas y videos por hacer, los días lluviosos que hacían que todo tardase el doble de lo común y la tan esperada fecha: Halloween. Me sentí orgullosa cuando mi padre me dijo que me veía feliz y a gusto con mi nueva vida. Yo no me había dado cuenta, yo solo la vivía, pero él dijo que me veía sonreir como hacia mucho tiempo no lo hacía. Un poco de confianza y saber que estoy haciendo lo correcto. Que las noches que lloré porque no quería estar sola pagaron y de ahora en más esta todo bien. Tener un grupo de amigos argentinos que son muy argentinos y te transportan a casa cuando es necesario. Tener a una turca, una colombiana y una italiana que son las bases de tu estructura. Tener un yankee que te entiende y acompaña tus locuras, porque él está igual o más loco que vos. Tener un grupo y un lugar en todo este nuevo proyecto.
Y entonces llegó noviembre. Yo contaba los días y las horas para ver su cara. Estábamos de novios pero no nos veíamos hacía rato. Puedo repetir el momento en el que abrí la puerta de casa y lo vi como si fuese una película. Una y mil veces en mi cabeza. No puedo explicar lo que sentí, pero fue tan fuerte que reafirmó en un milisegundo todo lo que sentía. Hacía miles de años atrás que no estaba tan enamorada. Perdón, mejor dicho, hacía miles de años atrás que no estaba enamorada. Compartir una semana y pico de pura perfección, de besos y abrazos, risas y llantos. Ser compañeros en todo y amarnos mucho. Yo sabía en el momento que lo conocí que él no iba a ser alguien más. Pero había que despedirse una vez más. Y lloré a los gritos en mi departamento repitiendo sus palabras “la gente que se quiere tanto no debería estar separada”. Pero eran solo un par de semanas hasta estar en sus brazos nuevamente.
Estrés de diciembre. Entregar todos los trabajos que quedaban del año, esperar las notas (que no son notas si no palabras) y ponerle fin al primer semestre del master. ¿Cómo llegué hasta acá tan rápido? Parece ayer que me llegué a New York con la valija llena y el corazón vacío. Volver corriendo a un lugar que ya no se sentía mío. Volver a abrazar a Vicente, conocer a Hans (casi que mi reemplazo) y fundirme en su cuerpo. Está bueno estar de vuelta pero extraño aquel lugar que se convirtió en mi segunda casa tan rápido. Extraño la gente que entiende mi ritmo de vida y la velocidad en la que te lleva la ciudad. Pero a su vez extraño a mis amigas de toda la vida que con un solo comentario saben que estas mal y que necesitas un vodka tonic con suma urgencia.
Y llegamos a hoy.
Un 31 de diciembre en la playa y con mi novio. Un año que mirando para atrás trajo tantos cambios y tanto crecimiento. Un año increíblemente perfecto y perfectamente increíble. Un año que me enamoró perdidamente y me hizo sentir mucho más plena que los años anteriores.
Así, y desde acá para no romper la tradición, levanto una copa y festejo. Por un año mejor que este. Por un año junto a él. Por una vida junto a él. Por todo eso y más.
Chau 2010. 2011, bring it on.


