El día estaba gris y horrible, hacía segundos que había dejado de llover. La arena mojada y dura hace que caminar sea más fácil, pero la humedad atenta contra todo aquél que tenga clavos en el cuerpo. Hace calor pero frío, fresco pero húmedo.
Nos sentamos en una duna a ver el mar. No hay nadie en la playa salvo algunos locos que aprovechan el cese de la tormenta para salir a correr. ¿Por qué corren durante sus vacaciones? Nos reímos, nos atacan las hormigas, investigamos un bicho muerto. Somos niños grandes, o grandes niños aprovechándose al máximo.
El sol sale cerca de las 6 de la tarde, casi como una metáfora, una señal, un algo que dice “a pesar de todo al final del día siempre el sale el sol”. De a poco la playa se llena de gente y empieza a hacer calor.
“Vamos al mar” me dice.
Yo me olvide de poner bikini y le digo que no puedo.
El corre y chapotea en el agua, nada y se deja revolcar por las olas. Lo envidio con locura. Quiero estar ahí con él, aprovechar cada segundo juntos y además aprovechar el mar que dentro de poco no voy a ver. Pero no tengo bikini y me siento una idiota.
En cualquier otro momento de mi vida me hubiese frustrado, sentado en la arena con cara de culo y quedarme de mal humor con él por divertirse sin mi hasta nuevo aviso.
Pero esta vez no.
Me saque lentamente el short, riéndome sola y mirando al rededor a ver si alguien me veía. No hay moros en la costa. Chau remera. Corrí al agua a encontrarme con él y flotar juntos.
En bombacha y corpiño nade y me revolqué en el mar. Quedé culo para arriba un millón de veces y de tanto reírme casi me ahogo. Besos entre olas y arena por todos lados. Un mar caliente que nos dejó quedarnos ahí hasta que el cielo estaba casi negro.
La sensación de libertad de un hecho tan simple y bobo. El coraje tonto de algo que a nadie le importa. Las risas y el recuerdo de ese día. Así se escribe la vida juntos.
Nunca me sentí tan libre como ese día.