En estas últimas dos semanas mi vida fue una montaña rusa de sensaciones. Tuve grandes emociones que hicieron que se me inflara el pecho de emoción y grandes caídas que me dejaron tirada en la cama durante horas sin poder parar de llorar.
Llegaron mis padres. Se suicidó un amigo. Me egresé. Me dijeron que no me esperaban en el trabajo de mis sueños. Extrañar a novio muchísimo. La muerte de otro amigo, más inexplicable y más absurda. Despedir a padres y quedarme sola otra vez. Despedir a muchos de los amigos que me apoyaron estos diez meses ya que están de vuelta en sus países.
Durante este tiempo sentí que no fui yo. Que era un versión aniñada y frágil de mi persona. Me daba cuenta de esto pero no podía cambiarlo, cosa que me dejaba de un pésimo humor constante y una alta vulnerabilidad hacia el mundo exterior. Me sentía atacada de todos lados y desprotegida de aquellos que se suponía me tenían que proteger.
Lloré y lloré. Me encontré flotando en mi bañadera durante horas escuchando a todo volumen a Adele, y llorando otra vez. Hasta que un día me desperté y dije basta. Ya había sacado toda esa angustia que tenía dentro. Ya había hecho el duelo por el cúmulo de cosas que habían sucedido en demasiado poco tiempo. Ya basta. No iba a salir de ese estado de ameba si no me levantaba de la cama y enfrentaba el mundo con sus buenas y malas cosas.
Así estamos. Aprendiendo a empujarme sola para salir adelante, buscando fuerza en los rincones más escondidos y disfrutando pequeños momentos.
Cuando se está muy arriba es demasiado fácil caer. La magia esta en cuando uno esta enterrado y aplastado buscar la forma de alzar el brazo y volver a la superficie.