Este es el post obvio del día, pero estando acá y cubriendo el evento para Univision es muy difícil mantenerse al margen y no emocionarse.
Las imágenes de ese día se encuentran en todos lados, los diarios, los canales y hasta en las redes sociales. Todos tienen una historia que contar, muchos conocían gente que falleció allí y todos nos acordamos exactamente donde estábamos porque, queramos o no, es un evento que cambió el mundo.
Yo estaba de vacaciones, estaba entre el final del secundario y el comienzo de la universidad. Nos fuimos con mis padres a esquiar a Mendoza y nos enteramos mientras desayunábamos, al principio no entendíamos si las imágenes de CNN eran reales o que. Ese día no salimos del hotel, nos quedamos toda la mañana junto a un señor americano en el Lobby mirando en loop la caída de ambas torres. Mi padre intentaba comunicarse con sus amigos sin éxito, su desconcierto se transparentaba en su cara. Hicimos campamento en el cuarto, con mamá mirábamos el noticiero esperando updates mientras el continuaba incansablemente contectarse con New York.
Meses antes del ataque habíamos viajado los tres a New York con la excusa de una reunión de mi padre en los headquarters de Pfizer, pero con real motivo de festejo de mi inminente graduación . Tuve la oportunidad de cenar en el piso 106 de una de las torres, recuerdo que la vista era imponente, que el viaje en ascensor era rapidísimo y como se tambaleaba el edificio por el viento daba miedo.
Fue después de ese viaje que yo les dije a mis padres que iba a vivir en New York en algún momento de mi vida.
Fue un día que cambió todo, sacudió el mundo y las reglas de juego se modificaron. Es difícil ver las imágenes de los familiares de las víctimas llorar desconsoladamente, leer las historias de aquellos que lograron escapar, escuchar a los niños que no llegaron a conocer a sus padres despedirse de ellos una vez más.
Es un lugar común, si, pero me es imposible no emocionarme hasta las lagrimas con cada uno de los nombres de la lista de quienes fallecieron en 9/11.