Llegué a esta nota de casualidad, en esos impulsos de ir pasando de link a link a través de Twitter sin entender mucho como es que termine acá. Pero el timing no podía ser mas indicado.
Hace tiempo que tengo ganas de sentarme a escribir sobre como es la vida de un expatriado. Especialmente dado a que siempre fui una expat: salí de Argentina a mis 4 años, estuve en Colombia hasta los 12, ahí me fui a Brasil hasta los 19, volví a Argentina para conocer mi país ya que no tenia apego alguno y termine yéndome a los 27 para cumplir mi sueño de tener un master de periodismo en Columbia.
Nunca estuve mas de 8 años en un mismo país, y aunque no reniego de mi historia de vida – no imagino ninguna otra forma de vivir – admito que a veces es abrumador. Es un constante sentirme “de aquí, de allí o de ningún lugar”, no me considero 100% de ninguna de las ciudades en las que viví y siempre extraño el lugar en el que no estoy (por eso el tatuaje de ‘saudades’ en mi talón de Aquiles, porque esa es mi gran debilidad en la vida, vivir extrañando los lugares en los que viví).
Mitad de las mudanzas que tuve fueron decisión de mis padres. La otra mitad decidí yo irme. El ciclo siempre es el mismo: estar cansada de la monotonía de donde vivo, apuntar mis fuerzas a un cambio, lograrlo, llegar a la nueva ciudad solo para preguntarme “que carajos hago acá sola?”, buscar amigos, lugares, crear recuerdos, y todo para volver a emprender la partida nuevamente.
Como dice el articulo, el cambio es tan necesario que saltamos al vacío solo para mostrar(nos) que podemos empezar de vuelta en un lugar donde nadie conoce nuestro pasado, donde no nos cruzaremos con nuestro ex en el bar que solíamos ir, donde las salidas no son siempre al mismo lugar y donde todo es distinto. Pero claro esta que todo lo bueno tiene su contracara.
La vida sigue sin uno. Volver a visitar a aquellos afectos que quedaron atrás es difícil. Porque ellos también crean experiencias y momentos nuevos, y esos momentos no lo incluyeron a uno. Muchas veces me encontré mirando las fotos de las vacaciones de mi grupo de amigas, viendo como ellas seguían adelante también sin mi presencia y añorando compartir esos momentos también.
Pero el cambio no es solo difícil para mi. Mas allá de mis padres que sufren horrores por no tenerme cerca, mis amigas me han expresado repetidas veces lo que mi partida provoco. Recuerdo cuando una amiga muy cercana me dijo “un día planteaste que te ibas a ir a vivir a NY y no te dimos mucha bola, vos aplicaste, entraste y te fuiste. Nos demostraste que si queres hacer algo, podes, y ahora es nuestro turno de hacer eso”. Claramente nunca lo había analizado desde ese ángulo y fue súper enriquecedor ver como las decisiones personales afectan, quiérase o no, a aquellos que nos rodean.
A veces es desesperante y las ganas de volver salen a flor de piel, pero después recuerdo que el cambio es necesario, que aprendí muchísimo mas de quien soy en los últimos meses que en los años anteriores y que, lamentablemente para mis afectos, nunca voy a quedarme quieta.








